No es de mi agrado buscar las etimologías de las palabras, por que estas significan hoy sin importar la historia. Pero tenerlas en cuenta sirven en tanto dieran un nuevo sentido en el aquí y ahora. Por ejemplo la palabra escatología tiene dos sentidos, uno más popular que otro. Escatología, como se sabe, es lo relativo a los excrementos y a las inmundicias, pero la otra acepción alude al conjunto de creencias referentes a la vida en el más allá. ¿Por qué la misma puede tener sentidos tan antagónicos? La respuesta la puedo encontrar en su etimología. Ambas derivan del griego, pero por una línea encontramos que ἔσχατος quiere decir “último”, de aquí viene las posteriores significaciones referido a la vida de ultratumba. Y en otra línea, σκατός, fonéticamente similar a la voz griega mencionada, que significa, sin ninguna extrañeza, excremento.
Cómo aprendí esto, o se despertó mi interés. Respondo queriendo ser redundante: escatológicamente, sobre el inodoro.
Es muy humano leer, como también dejar las heces en el baño. Y más aun hacer las dos cosas al mismo tiempo. No recuerdo desde cuándo tengo el hábito de leer sentado en el inodoro, no recuerdo con qué texto empecé. Pudo haber sido el Clarín del domingo, o la revista. Tal vez alguno de los nueve tomos de la enciclopedia Larousse . Seguramente, los primeros asomos de la lectura de baño, habrán sido las etiquetas de los champúes o de los desodorantes. Ya que mi padre tiene la misma costumbre desde antes que yo (y haciendo una mirada sociológica, es más recurrente en los hombres que en las mujeres, motivo para que algunos especulen con que hay una incidencia importante en el cromosoma Y) me interrogo si es un mandato de la naturaleza, o si es una adquisición meramente cultural, interiorizada, alojada en la moral. Sea cual sea su etiología, tiene una fuerza por sobre mí. Por suerte, en mi casa tengo la biblioteca a tres pasos del toillete, lo cual es beneficioso cuando urge un compromiso desde adentro. Incluso, por un tiempo, instalé unos anaqueles cerca del inodoro para dejar revistas o libros o apuntes, pero las retiré por antiestético.
El inodoro, o taza, o escusado (como lo llaman en otras latitudes) pasa a ser un trono donde uno es el monarca – mon(g)arca. Pasa a ser rey de su propio mundo. Es como un momento de breve retiro espiritual diario. Es un espacio propicio para la reflexión, el autoconocimiento, la lectura, crucigramas y sudokus.
Tengo algunas hipótesis, pseudocientíficas, pseudopsicoanalíticas, por lo tanto, nuevamente, no me tomen en serio. Encuentro un vínculo con el erotismo anal, en tanto con los desplazamientos de los objetos eróticos. Todos hemos pasado la fase anal alrededor de los dos a tres años de edad, donde la caca tenía un valor especial, como un tesoro, tanto que la reteníamos en nuestros intestinos. Pero en el inconsciente la caca es sustituida por el dinero, el tiempo, u otros objetos. O mejor dicho, éstos son subrogados de la caca. Por eso los que tienen fijación en esta etapa son avaros, guardan el dinero, su oro, como caca en su vientre, almacenan sus “tesoretitos”. Y el conocimiento, el saber enciclopédico, puede resultar otro objeto erótico. Y cuando leemos, o dejamos volar la imaginación, o reflexionamos mientras cagamos estaríamos llenando con “algo” el lugar vacío que dejan las deposiciones. Estaríamos comiendo palabras, ideas, pensamientos. Y lo haríamos para no sufrir la angustia que resulta por la pérdida de las heces.
Es probable que las mejores ideas de los grandes pensadores nacieron sobre el retrete, y otras cuantas se hayan ido por allí. Me imagino a Marx en esa situación, pensando algunas líneas de El Capital; a Foucault leyendo el Le Monde de un jueves; a Freud, leyendo a Schiller; y a Lacan, releyendo a Freud y a Marx. Para mí el baño ha sido el punto de encuentro con Swift, Borges y el Anteojito; con el profeta Isaías, Lugones y Bradbury, entre otros psicoanalistas varios.
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